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Historia-Torre del Homenaje e Iglesia parroquialLa información que tenemos sobre el término municipal sitúa la primera ocupación de la zona en torno al III milenio antes de nuestra era, durante la etapa conocida como Calcolítico o Edad del Cobre. A ese momento corresponde la primera ocupación del Castillo de Torres de Albanchez, donde han aparecido materiales cerámicos y útiles líticos que se podrían adscribir a este periodo.

No podemos olvidar que en estos momentos, hacia mediados del III milenio a.n.e., se va a producir la consolidación de la agricultura, que llevará aparejada la intensificación de la producción, y con ello un aumento del número de asentamientos que irán ocupando nuevas tierras. Junto a esto, se va a producir un desarrollo de la minería y de la metalurgia del cobre. La demanda de mineral o de productos manufacturados es un fenómeno generalizado a partir de este periodo en todo el Alto Guadalquivir. La localización de este tipo de producciones en zonas alejadas de los centros mineros nos está indicando un marco de relación entre los asentamientos, al mismo tiempo que nos lleva a hablar de especialización y jerarquización de los poblados.

Son esas mismas circunstancias las que llevan a una potenciación de las vías de comunicación. Este hecho es, quizás, el que puede explicar todo el poblamiento que nos vamos a encontrar en esta zona a partir de esos momentos, pues aquí se sitúa una de las vías de comunicación hacia el Levante y la Meseta.

Para la Edad del Bronce, ya en el II milenio antes de nuestra era, conocemos asentamientos como El Golillo o Cerro Mahón. Estos sitios, junto a otros localizados en esta zona pero en términos municipales vecinos, parecen mostrar un modelo de ocupación del territorio y de patrón de asentamiento claramente definido, centrado básicamente en el control de los pasos principales y secundarios de la vía del río Guadalimar. Se trata de pequeños asentamientos, situados en lugares elevados y con un claro control visual. Aparecen siempre fortificados, generalmente con una torre, a veces dos, en posición central o desplazada lateralmente. Casi con toda seguridad podríamos atribuirles una función de control estratégico.

Desde que éstos se abandonan, en el último cuarto del II milenio, no tenemos documentada ocupación en el término hasta bastante tiempo después, ya en la segunda mitad del I milenio antes de nuestra era, con el desarrollo de la Cultura Ibérica. Durante el Ibérico Pleno, sobre todo desde finales del siglo V y el siglo IV, se observa, al igual que pasa en otras zonas como la Vega del Guadalquivir y las campiñas, una reestructuración en el territorio que se caracterizará por la existencia de los “oppida”, asentamientos fortificados, que serán las unidades políticas de clientela en las que un aristócrata ejerce su poder.

Aunque no está en este término municipal, sí tenemos que citar un “oppidum” de gran tamaño como es el Castillo de Bujalamé, ocupado desde los momentos más antiguos del mundo ibérico y con el que guarda relación sin duda, ya en el ibérico pleno, un fortín estratégicamente ubicado que reocupa el antiguo asentamiento de la Edad del Cobre del Castillo de Torres de Albanchez, con una altitud de 450 metros. Se constata en este lugar la presencia de las típicas cerámicas con motivos geométricos en tonos rojos vinosos junto con el repertorio de formas de este momento.

Cabe plantearse si al no existir aquí grandes extensiones de tierra que favorezcan los cultivos extensivos cerealistas, la mayor parte de la población se aglutine en un solo “oppidum” en todo momento. Este mismo esquema de patrón de asentamiento se mantendrá en época tardía, no desapareciendo ningún sitio hasta la época romana, en la que de nuevo habrá cambios y aparecerán los asentamientos rurales del tipo “villae”.

Sobre el pasado islámico de Torres de Albanchez prácticamente no se conservan indicios, tan sólo que fue conquistada a los musulmanes el 1 de mayo de 1235, integrándose el lugar y su castillo dentro de las posesiones de la Encomienda de Segura, perteneciente a la Orden Militar de Santiago. Según las relaciones de don Francisco de León (1468) este núcleo estaba compuesto por un cortijo y “una fortaleza en la cuesta y derrocola el conde don Rodrigo Manrique”.

A pesar de ello, en las “Relaciones Topográficas” de Felipe II (1575), se recogen numerosos datos sobre este antiguo asentamiento, muy derruido, que era conocido como el Castillo de la Yedra, y “ques tan fuerte que si no es por puente lebadizo no se podría subir a él, e que aunquestá despoblado e sin edifiçios con gran dificultad se podría ganar por su aspereza”. Aún hoy conserva restos de muros de mampostería, estructuras defensivas y aljibes que fueron edificados en distintas épocas. Posiblemente el origen del mismo pueda relacionarse con el asentamiento de una comunidad hispanovisigoda, que tras abandonar las vegas del río Guadalimar entre los siglos V y VII, se estableció en este punto estratégico de la Sierra de Torres de Albanchez, definido por una orografía muy accidentada que facilitaba su defensa. Tras la conquista musulmana este asentamiento fue utilizado como castillo-refugio por los vecinos de diversas alquerías o aldeas que habitaban las tierras bajas del valle del Guadalimar. No obstante, una vez integrado en el señorío de la Orden de Santiago, entró en crisis, sobre todo al favorecer y potenciar la propia orden el desarrollo y el poblamiento de otro núcleo situado en una zona menos abrupta, el actual Torres de Albanchez, que inmediatamente fue dotado de una sólida fortaleza. En el año 1383 ya se aprecian los primeros indicios de su repoblación, otorgándole Segura una dehesa “por poblamiento del lugar o porque haya pobladores”, y la “Relación” de 1575 describe igualmente este proceso de despoblamiento del primitivo asentamiento y el traslado de su población a Torres de Albanchez.

Las defensas de este nuevo enclave de población consistieron exclusivamente en una pequeña fortaleza, construida sobre un promontorio rocoso. En la zona más elevada se alzó la torre del homenaje, utilizándose como defensa externa y basamento de dicha torre un pequeño recinto de planta irregular con cubos macizos ataludados en sus esquinas.

En el año 1478 Torres de Albanchez tenía arrendadas, junto con Génave, diversas cargas como los Diezmos, los Hornos, la Martiniega y el Yantar, y a finales del siglo XV contaba con aproximadamente 80 vecinos con sus familias, de los cuales dos eran “caballeros de cuantía”.

Fue a mediados del siglo XVI, concretamente en 1552, cuando Torres de Albanchez consigue la segregación de Segura de la Sierra, otorgándole Felipe II el título de villa. En este tiempo la villa nos aparece descrita como un lugar “poblado de gente labradora”, existiendo tan sólo “5 casas de hidalgo que contribuyen y pagan a su majestad”. En 1575 tuvo como comendador al duque de Feria, “quien se lleva los aprovechamientos de los diezmos” de una población caracterizada en estos momentos como de “gente pobre”, en su inmensa mayoría jornalera, y en la que apenas si destacaban los oficios. No obstante, y a pesar de todo, a finales de siglo la villa ya contaba con “dos alcaldes ordinarios y dos de hermandad”, puestos cada año por orden regia.

Esta situación durante el siglo XVI se complementaba con la presencia de una agricultura jalonada por terrenos de serranía, “a la vez montuosa y áspera”, en los que abundaba la leña, especialmente de pinos, carrascas y robles y “no tanto los frutos”. En las crónicas de la época, al referirse a Torres de Albanchez, se destaca “la tierra de poca labranza por ser tierra mísera” y en la que se cría todo género de ganado, y se remarca igualmente la tradicional carestía en la villa de “pan, vino y aceite”. Estas carestías se solventaban con la llegada de esos productos de diferentes zonas de “Andalucía, de Campo Montiel o de la Mancha”, lo que se explica por el hecho de que la dedicación más usual de los vecinos de Torres de Albanchez en estos años era la de arriero, o como se la denominaba por aquel entonces la del acarreo. La pobreza de unas gentes que habitaban en una tierra poco fértil explica en buena medida esta dedicación, lo que se traducía igualmente en la escasa población que vivía en la villa. En el reinado de Felipe II, a cuyas crónicas nos remitimos, contaba tan sólo con 250 vecinos, “existiendo antiguamente más, aunque pocos”, arguyéndose como razón de la relativa despoblación la “esterilidad del pueblo”.

Sin embargo, esta cifra de 250 vecinos para mediados del siglo XVI constituirá un cierto hito, ya que a mediados del siglo XIX se habla de la existencia en la localidad de tan sólo 115 vecinos (unas 429 personas). Ello nos lleva a pensar que, como en otros tantos casos, la fuerte depresión del siglo XVII se debió hacer notar largamente en una villa de pocos recursos propios, en la que a las carestías tradicionales se les sumaban ahora los periodos de hambre, epidemias y enfermedades que se sucedieron en dicha centuria, y que se agregaron a la sangría humana y fiscal que provocaba la política internacional de la monarquía española. Esta depresión debió también prolongarse en buena medida durante el siglo XVIII.

A mediados del siglo XIX la imagen de Torres de Albanchez se reducía a un pequeño municipio “situado en la falda meridional de la sierra de la Cumbre, al pie de un áspero cerro y rodeado de varias colinas coronadas de pinos que presentan hermosas vistas”, compuesto por noventa casas en las que residían unos 429 habitantes. Como antaño, el terreno seguía siendo en su práctica totalidad de “monte y pasto, con muchos pinos donceles, negros y carrascos, carrascas, enebros, lentiscos y romeros”. Estos terrenos, de escasa vocación agrícola, contrastaban, sin embargo, con la presencia en el valle de “tierra muy fértil”.

A partir de estas fechas Torres de Albanchez, al igual que el conjunto de municipios de su entorno, vivió una clara fase de expansión demográfica, llegando a contar a la altura de 1900 con 1.226 habitantes. La consolidación del régimen liberal decimonónico se materializó en el municipio en un notable incremento de su población, como consecuencia del fenómeno roturador y de agricolización que se produce en la villa a lo largo de estos años y que determinó un aumento de la superficie cultivada –fundamentalmente destinada a cereal–, eso sí, a costa de la reducción de la de pastos y monte.

Estas transformaciones en el ámbito productivo apenas tuvieron correlato en la esfera de los comportamientos sociales y políticos. En efecto, como en otros tantos casos, la implantación del liberalismo desde principios del XIX no trajo consigo modificaciones sustanciales: el continuismo de las élites locales y la pasividad institucional se instalaron en un escenario público dominado por la tradición y el caciquismo. Buena prueba de ello es la práctica ausencia de hechos notorios, desde el punto de vista político y social, en todo este periodo en Torres de Albanchez.

El crecimiento demográfico de la segunda mitad del siglo XIX se incrementó ostensiblemente en las primeras décadas del siglo XX, llegándose a alcanzar en 1940 la cifra de 2.626 habitantes. Además, de la mano de la crisis definitiva de la monarquía alfonsina y en el marco de la crisis que siguió a la finalización de la Primera Guerra Mundial, la movilización ciudadana y la materialización del conflicto social hicieron acto de presencia en la localidad. También, de la mano de todo lo anterior, la lucha política y partidista no tardó en llegar: si las emblemáticas elecciones municipales de abril de 1931 tuvieron como vencedores a la candidatura de los viejos monárquicos, la segunda vuelta de las legislativas de ese mismo año –ya en plena Segunda República– fueron ganadas por el PSOE; victoria socialista a la que siguieron las de la coalición política de las derechas tanto en las legislativas de 1933 como en las de 1936.

Esta participación política se ejercitó en un escenario jalonado por la crisis económica y el paro laboral, lo que propició una escalada en la tensión y en los enfrentamientos de clase, manifiestos éstos últimos de forma trágica en los actos de violencia y represión que se produjeron en la localidad tanto durante la Guerra Civil como en la inmediata posguerra. Con la finalización de la contienda y la instauración de la dictadura franquista se reinstauró de nuevo el orden rural de antaño, propiciando, sobre todo en la inmediata posguerra, un ostensible proceso de ruralización, materializado en Torres de Albanchez en el inicio de una larga etapa de emigración y decrecimiento poblacional.
 




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